
Señor, me está costando, me cuesta vivir para ti en esta hecatombe que me rodea. Mi espíritu es vulnerable y cambiante. Mi espíritu es débil y los vientos del mundo lo bambolean.
Señor, Dios mío, Tú dijiste, hecho carne, hecho palabra, que no somos del mundo, pero en él estamos. Estas dos verdades a veces son difíciles de compaginar. yo sé que mi felicidad está en tí, pero ¿acaso importa mi felicidad ante lo que veo a mi alrededor? ¿Acaso yo soy algo o alguién? ¿Acaso hay que tenerme en cuenta?
Señor, pero cuesta y si no creyera que tu mano sostiene el mundo, que hay en él más de diez personas que contigo lo sostienen. Si no creyera que tu mano sostiene mi vida, jamás podría seguir en esta encrucijada de amor y dolor. Encrucijada que a todos nos envuelve y a todos mueve en una dirección o en otra. Lo peor de todo es, mi Dios, pararte en medio de ella. Lo malo es que, en ocasiones la luz se funde y no nos bastan los manotazos para apartar los matorrales que nos envuelven con cantos de sirenas.
En este día tuyo que ya pocos respetan, me acerco a tu Altar, queriendo hacer del mundo el Tabernáculo donde rendirte el culto que te debo. El culto, Señor, del AMOR.
Domingo, 6 de septiembre de 2009